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El mundo no puede permitirse fallar con la Inteligencia Artificial

La IA promete un mundo más productivo, pero debemos gestionar los riesgos durante la transición.
El mundo no puede permitirse fallar con la Inteligencia Artificial

Vista interior de un centro de datos de alta tecnología con múltiples servidores y sistemas de seguridad avanzados. Los cables ordenados y la iluminación brillante resaltan la infraestructura crítica para la transmisión y almacenamiento de información digital a nivel mundial. (Imagen Ilustrativa Infobae).

La IA ya está aquí y está teniendo un profundo impacto en la economía mundial.

El flujo de inversión hacia la IA se produce a una escala que probablemente superará las enormes sumas destinadas a la construcción de las redes ferroviarias, la red eléctrica e Internet. A corto plazo, el auge de la IA supone un choque de demanda positivo que impulsa el crecimiento, especialmente en Estados Unidos y en los países asiáticos proveedores de hardware. Sin embargo, no todos los países se están sumando a esta ola y, sin una adopción más generalizada, muchos podrían quedarse atrás.

Gráfico de barras sobre el aumento del gasto de capital en inteligencia artificial respecto al producto interno bruto de Estados Unidos. Un gráfico del Fondo Monetario Internacional señala el aumento del gasto de capital en inteligencia artificial como porcentaje del PIB de Estados Unidos de 2023 a 2026. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Si bien el choque de demanda está ocurriendo ahora, la verdadera promesa reside en el futuro: la perspectiva de un choque de oferta positivo que podría impulsar significativamente la productividad y aumentar el crecimiento global. Es difícil predecir la magnitud exacta, pero el impulso al crecimiento podría situarse en torno a medio punto porcentual anual durante la próxima década. Puede que los avances en productividad tarden en materializarse; las transformaciones tecnológicas rara vez ocurren de la noche a la mañana. Para aprovechar los beneficios de la IA, las empresas deben replantear, reinventar y rediseñar sus líneas de productos, procesos y flujos de trabajo. Tanto los empleados como los consumidores deben encontrar las mejores formas de utilizar los nuevos modelos. Los beneficios de Internet no surgieron simplemente por la posibilidad de crear una página web; los verdaderos avances llegaron con la aparición de nuevos modelos de negocio y las mejoras graduales que permitió la conectividad.

En esta ocasión, gran parte del auge está impulsado por una inversión masiva en infraestructura de IA, como los centros de datos, con los proveedores de servicios a gran escala hiper escaladores a la cabeza.Aunque estas grandes empresas cuentan con negocios principales rentables, recurren cada vez más a los mercados de deuda para financiarse. En los últimos dos años, su participación en la emisión de bonos con grado de inversión ha aumentado más de diez veces: pasando de menos del 1 por ciento al 10 por ciento, y sigue creciendo. Esto sucede en un sector altamente concentrado donde las operaciones suelen ser circulares: los hiperescaladores invierten en laboratorios que desarrollan modelos de vanguardia, los cuales, a su vez, adquieren capacidad de datos de esas mismas empresas.

El riesgo radica en que las expectativas podrían superar rápidamente a los avances reales en productividad, preparando el terreno para una decepción a corto plazo. Según la «ley de Amara», tendemos a sobreestimar el impacto de una nueva tecnología a corto plazo y a subestimarlo a largo plazo. A esto se suman las preocupaciones sobre la posibilidad de que modelos cada vez más potentes escapen al control humano o comprometan la ciberseguridad. En algún momento, estos riesgos podrían converger y poner en peligro la estabilidad macroeconómica y financiera.

¿Cómo podría manifestarse esto? Una decepción significativa en los ingresos o beneficios de los desarrolladores de IA podría socavar las expectativas de rentabilidad futura, afectando negativamente a los precios de las acciones. Incidentes inquietantes relacionados con modelos de IA de vanguardia o ciberataques podrían mermar la confianza y aumentar los riesgos para la estabilidad financiera. En un escenario grave, podríamos presenciar una corrección del mercado que se propague en cadena a través de un ecosistema de IA altamente apalancado e interconectado. Dada la magnitud de las inversiones transfronterizas en activos de IA, las pérdidas podrían extenderse por todo el mundo.

La disrupción en el mercado laboral también podría ser profunda. Según nuestras investigaciones, aproximadamente el 40 % de los empleos a nivel mundial están expuestos a la IA; en las economías avanzadas, esta cifra asciende a cerca del 60 %. Dentro de estos niveles de exposición, es probable que algunos puestos de trabajo se vean potenciados, mientras que otros podrían ser reemplazados por la tecnología. Aún es demasiado pronto para predecir el impacto final en el empleo: hasta ahora, no se observa un efecto evidente en el mercado laboral, pero la naturaleza del trabajo está cambiando, y es probable que este proceso se acelere.

Por otro lado, existen los riesgos de ciberseguridad. A medida que el sector financiero se vuelve más digital e interconectado, las ciber disrupciones surgen como una fuente creciente de riesgo sistémico. La IA añade un factor de urgencia al acelerar el descubrimiento de vulnerabilidades, su explotación y la ejecución de ataques, reduciendo el ciclo de ataque y defensa a la velocidad de las máquinas. Un ataque de gran envergadura que afecte a los sistemas de pago, a las operaciones bursátiles o al acceso a los depósitos podría provocar pérdidas inmediatas y socavar la confianza. Si una interrupción operativa afecta a un nodo crítico —incluso fuera del sector financiero, por ejemplo, en infraestructuras esenciales—, podría derivar rápidamente en una crisis de confianza de mayor alcance.

Debemos estar preparados para afrontar y mitigar estos riesgos. Asimismo, debemos evitar un escenario en el que los beneficios de la IA sean aprovechados únicamente por unos pocos privilegiados. Esto es aplicable tanto a individuos como a países. De hecho, el incremento del crecimiento en las economías avanzadas podría ser más del doble del registrado en los países de bajos ingresos, lo que refleja brechas en el acceso, la preparación y la adopción tecnológica.

Entonces, en la práctica, ¿qué pueden hacer los responsables de las políticas públicas?

Los países necesitan políticas que se basen en las características singulares de la inteligencia artificial (IA), pero que sean lo suficientemente ágiles para adaptarse a su trayectoria incierta y a su rápido ritmo de cambio. A continuación, se presentan tres principios fundamentales que pueden servir de guía.

En primer lugar: salvaguardar la estabilidad macroeconómica y financiera

Al igual que ante cualquier choque, la prioridad debe ser preservar la estabilidad.

La buena noticia es que los reguladores y supervisores no tienen que empezar de cero. Las herramientas existentes —incluidos los requisitos de capital y de concentración— pueden contener la acumulación de riesgos en el sistema financiero. En términos generales, el objetivo debería ser fomentar una mayor participación en la financiación del ecosistema de la IA. Los países deben reforzar sus defensas frente a los riesgos cibernéticos, por ejemplo, mediante pruebas de resiliencia en el sector bancario. Los reguladores han intensificado la coordinación internacional en estas cuestiones, una labor que debe continuar.

Los bancos centrales deben permanecer muy atentos, ya que el impacto de la IA en la inflación variará de un país a otro. Mantener la estabilidad de los precios es fundamental, especialmente en un momento en el que otros factores están ejerciendo presión inflacionaria.

En el ámbito fiscal, los gobiernos deberían revisar sus planes a mediano plazo teniendo en cuenta la transición hacia la IA. Si bien la IA puede impulsar el crecimiento, también podría reducir los ingresos laborales, aumentar la desigualdad y erosionar la base imponible. Los países necesitarán espacio fiscal para invertir en infraestructura y capacitación, así como para amortiguar el impacto sobre los sectores más vulnerables. Asimismo, requerirán sistemas tributarios adaptados a la era de la IA. Dado que los niveles de deuda ya son elevados, los responsables de las políticas públicas tendrán que tomar decisiones difíciles.

Por último, los gobiernos y el sector privado deben reforzar rápidamente sus defensas cibernéticas. Abordar los riesgos de ciberseguridad exige un marco de resiliencia operativa que abarque todo el sistema y se centre en la continuidad de los servicios críticos. Las prioridades políticas deben ajustarse al nivel de madurez cibernética de cada economía.

En segundo lugar: facilitar la adopción y la innovación

Una infraestructura digital fiable y una mano de obra cualificada constituirán la base para que los países adopten la IA con éxito. En este ámbito, las brechas a escala mundial son considerables. Según nuestro Índice de Preparación para la IA, las economías avanzadas cuentan con una infraestructura digital tres veces superior a la de los países de bajos ingresos.

Muchas economías también necesitarán una mayor infraestructura energética para respaldar el despliegue de la IA, lo que provocará un aumento sustancial de la demanda de electricidad. La Agencia Internacional de la Energía prevé que, para 2030, los centros de datos representen el 3 % del consumo mundial de electricidad. Para poner esta cifra en perspectiva, la demanda de los centros de datos superará, para entonces, el consumo eléctrico actual de Japón. En la era de la IA, los países necesitarán una estrategia a medio plazo para incrementar el suministro energético de manera fiable.

No obstante, para aprovechar plenamente las ganancias de productividad que ofrece la IA, no basta con una mejor infraestructura y una mano de obra cualificada. Muchas economías requieren un mayor volumen de capital privado de riesgo para financiar empresas emergentes (startups) y fomentar la innovación. En aquellos países donde la gobernanza y la capacidad estatal son sólidas, el capital privado puede complementarse con inversiones del sector público en investigación y desarrollo de IA. En el África subsahariana, por ejemplo, movilizar financiación privada para la infraestructura de IA exige tanto mejorar el clima empresarial como ofrecer subvenciones y garantías gubernamentales específicas.

Una economía dinámica basada en la IA debe permitir la entrada y salida fluida de empresas. Las compañías han de ser capaces de reorganizarse y reasignar sus recursos para que la IA mejore su actividad de forma medible. Con demasiada frecuencia, se enfrentan a distorsiones fiscales estructurales que favorecen las inversiones tradicionales, así como a una burocracia excesiva que asfixia el crecimiento y reduce los beneficios. Los gobiernos pueden contribuir modernizando sus sistemas tributarios, reformando los regímenes de insolvencia y reforzando la seguridad jurídica.

En tercer lugar: apoyar a los trabajadores y crear oportunidades

La IA asumirá algunas de las tareas que actualmente realizan los trabajadores. Esto no implica necesariamente que dichas personas pierdan su empleo; podrían pasar a desempeñar nuevas funciones —con un conjunto distinto de responsabilidades— que se vean potenciadas por la IA. Incluso podrían acceder a un mejor puesto en otra empresa, a medida que los beneficios derivados de una mayor productividad se extiendan por toda la economía.

Un estudio del FMI sobre la región de Asia-Pacífico pone de relieve algunas de estas dinámicas: la demanda por parte de los empleadores en dicha región ha disminuido cerca de un 10 % en ocupaciones altamente expuestas a la IA. Al mismo tiempo, crece la demanda de trabajadores capaces de utilizar la IA para ampliar su capacidad de acción. Surgen nuevos roles, como la ingeniería de instrucciones (prompt engineering) o el desarrollo de agentes de IA, que hace unos años ni siquiera existían.

Los mercados laborales deben ser lo suficientemente flexibles para permitir que las empresas contraten el talento que necesitan. Por otra parte, los trabajadores desplazados por la tecnología pueden requerir apoyo. El desafío para los responsables de las políticas públicas consiste en encontrar el equilibrio adecuado entre ambas necesidades. Debemos dotar a las personas —especialmente a los jóvenes— de competencias cognitivas, creativas y técnicas que les permitan aprovechar la IA. Los mecanismos tradicionales de protección social, como el seguro de desempleo, seguirán siendo fundamentales; no obstante, será necesario implementar cada vez más programas activos en el mercado laboral orientados a la mejora de las cualificaciones y la reconversión profesional. Asimismo, los gobiernos deberían ajustar sus sistemas tributarios para evitar que estos favorezcan o entorpezcan la automatización de manera excesiva.

Estos principios deberían servir de guía a los países para afrontar la era de la IA. Por supuesto, ningún país puede —ni debe— actuar por su cuenta. La coordinación entre gobiernos, empresas del sector de la IA y otras partes interesadas será crucial, dada la rápida evolución de las capacidades de los modelos de vanguardia y la interconexión entre las naciones. Desde el FMI, seguiremos ofreciendo asesoramiento en materia de políticas, fortalecimiento de capacidades y, cuando sea necesario, apoyo financiero, siempre dentro de nuestro mandato macroeconómico fundamental.

El mundo atraviesa una transición tecnológica que podría obligarnos a replantearnos aspectos como la protección de las infraestructuras críticas, la preservación de la estabilidad financiera e, incluso, conceptos básicos como la forma en que trabajamos. Es comprensible que esto genere inquietud; la gente quiere saber, con toda razón, cómo les afectará este cambio a ellos y a sus familias. Sin embargo, la IA también ofrece la promesa de un mundo más productivo, en el que los seres humanos —con la ayuda de la tecnología que hemos creado— logren alcanzar metas que antes considerábamos imposibles.

Afrontemos este desafío juntos y aprendamos sobre la marcha.

 

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